
| Es fantástico subir a un avión en un día de orbayu y penumbra en el norte y aterrizar en la calidez y la luz de una isla mediterránea. Fuimos allí por primera vez atraídos por el windsurf. Su profunda bahía orientada al norte es perfecta para aprender. Era algo que siempre nos atraía y nunca le llegaba el momento. Rondando la cincuentena , decidimos que entonces o nunca. Fue estupendo compartir clases con niños muy pequeños y disfrutar de la camaradería y buen ambiente que había en la escuela. Hubo muchas caídas, algún golpe (costilla rota incluida) y rescates con una pequeña lancha a motor, porque el viento a veces jugaba malas pasadas y te llevaba más lejos de lo que querías. Al final el windsurf quedó relegado y simplemente volvemos allí porque nos enamoramos de esa isla. Un año, armados de valor, decidimos rodearla caminando. Descubrimos calitas desiertas llenas de troncos y algas, no tan impolutas como las famosas. Riscos escarpados y profundos barrancos, bosques umbríos, zonas agrícolas, con sus granjas y sus cerdos oscuros andando por allí, unas salinas, paisajes pedregosos azotados por la “tramontana” y hasta un ermitaño. Treparriscos |
