EL RENCOR

Un inusual orbayu velaba el cielo de Jerusalén mientras un carruaje, tirado por dos bueyes, salía por las puertas del pretorio.

El maestro, con la mirada perdida entre las nubes, repetía obsesivamente su consigna: “Dad al César lo que es del César”.

Los discípulos, que no entendían de parábolas y eran firmes partidarios del sentido literal y la acción directa, se abalanzaron sobre el carro, cargado de bosta, y cubrieron de pellas oscuras y malolientes las paredes del palacio del gobernador.

Los esclavos tardaron semanas en limpiar aquellos muros y en aventar aquel olor inquebrantable.

Pilatos nunca se lo perdonó.

Amanuense

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