LA CITA

María se sentó, como todos los miércoles de los últimos cuarenta y siete años, en la mesa junto a la ventana del viejo café, observando como el orbayu sacaba brillo al asfalto del callejón. Le trajeron su té negro sin preguntarle qué deseaba tomar. En sus manos, jugueteaba con la arrugada y amarillenta carta que traía cada día.

“Espérame en el café el miércoles. Volveré a buscarte”, demandaba una letra vigorosa y decidida.

Aquel viejo entró por la puerta y se quedó de pie, frente a su mesa. La mirada húmeda, las manos temblorosas.

—Llegas tarde —dijo María.

—La pregunta es: ¿demasiado tarde? —respondió el anciano.

—No, eso no. Parece que por fin ha salido el sol. Vámonos.

Y María rasgó la carta en mil pedazos y la abandonó en la mesa, junto al té negro a medio acabar.

Cajós

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