AL FINAL DEL CAMINO

El orbayu caía como una suave cortina sobre el verde paisaje de la aldea. Mi corazón latía velozmente y parecía resonar en el camino. Era la última revuelta de la empinada vereda que llevaba hasta allí, al hogar.

Lo primero que vislumbré en la distancia fue el follaje de la higuera que a la puerta de la casa sombreaba la antojana. Aquí estaba la casa, mi añorada casina con su poyo de piedra a lo largo de la pared, el ventanuco de la cocina, la cuadra, el corredor,…

Me pareció oír sonidos familiares: las pitas, el güelo afilando el guadañu, la madre lavando en el pozu,…Si cerraba los ojos podía sentirlos allí, junto a mí, como si el tiempo no hubiese pasado inexorablemente.

Podía ver al muchacho, adolescente aún que cogía con su mano nerviosa la maleta de cartón donde su madre había colocado las escasas pertenencias. También veía al güelu sentado, cabizbajo y triste junto a la antojana, al lado de mi madre que lloraba en silencio la marcha del hijo.

Caía el orbayu aquella mañana lejana en la que yo emprendí camino por la vereda. Un camino incierto y esperanzado a nuevas tierras.

Guiomar

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