LA MANCHA

Dudo que en aquel pueblo de La Mancha rodeado de viñedos y olivares viesen alguna vez el orbayu. Nosotros vimos los cielos nocturnos más impresionantes.

Durante muchos años fuimos allí por el vuelo sin motor. Los que no volábamos teníamos que buscarnos alternativas: caminar, leer, andar en bici, montar a caballo… esto último era privilegio de los más pequeños.

Nuestra hija hizo amistad con una niña del pueblo. Fuimos invitados a su antiquísima casa y guiados por un laberinto de pasillos y patios. Yo estaba esperando que, en cualquier momento, apareciese algún personaje cervantino. Nos asombró una sala de techos altos con estructuras de madera donde reposaban gigantescas tinajas. Contenían aceite o ¿quizá vino? No logro recordar.

Luego estaba el ritual de la pastelería. Los pastelillos eran excelsos, pero nunca conseguimos que nuestro enjuto confitero nos dedicara una sonrisa. Se rumoreaba que durante las obras de rehabilitación de aquella casona habían aparecido cuadros de El Greco. Quizá él era descendiente de alguno de aquellos personajes tan solemnes.

Al atardecer iban llegando los aviones. Si era verano y las térmicas buenas, los vuelos podían ser de más de trescientos Kilómetros. Cada piloto contaba su aventura. Pero esas son otras historias.

Curruca

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