LA CASA

A través de la niebla y el orbayu del tiempo, surge aquella casa de nuestras vacaciones.

Nuestra llegada era recibida siempre con alborozo. El primero que se alegraba era el fiel Jock. Aunque llegásemos a las horas más intempestivas y después de meses sin vernos, salía a recibirnos y pensábamos que le iba a dar un infarto por la pasión que le ponía al reencuentro.

Todo el recuerdo queda enmarcado por el castaño centenario que crecía justo a la entrada y que resplandecía en las mañanas de verano.

Pienso en aquellas cenas que se prolongaban hasta la madrugada, con el valle a nuestros pies y unas puestas de sol sobrecogedoras.

Aquel era un lugar mágico y quizá un poco misterioso. La finca se llamaba “el güeyu” y los lugareños decían que había una profunda cueva. Nunca supimos donde estaba. Mejor.

Aparecieron cantidad de fósiles, todo debió estar inundado en épocas remotas.

Plantamos una secuoya. No le dio tiempo a crecer.

Los que proyectaron la autovía apuntaron directamente a la casa. Vinieron las excavadoras y lo destruyeron todo.

Volvimos y nos alegró ver unos corzos retozando entre lo que quedaba de prao y los terraplenes de la nueva carretera.

Collalba

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