NATIVO

Lo que normalmente era recibido como algo que trastocaba nuestras vidas y nos entristecía como un día de orbayu, esta vez se transformó en una oportunidad estupenda; un viaje de trabajo de dos semanas a Los Ángeles. Así que cambiamos su glamuroso y carísimo billete de primera clase por tres de modestos turistas.

Ni que decir tiene que nuestro principal objetivo era visitar Disneylandia. En las horas de trabajo, nosotras nos dedicábamos a holgazanear en la bonita piscina del hotel. Una vez acabados los compromisos laborales, nos sumergimos en Disneylandia. Todo fue encantador y divertido, a excepción del hecho de no poder tomar una cerveza en un restaurantito en un barrio-imitación de Nueva Orleans. Prohibido el alcohol. Nada de malos ejemplos a los niños.

Pero lo que más me gustó e impresionó, fue la persona que iba a nuestro lado en el autobús que nos llevó desde el aparcamiento hasta la entrada. Un indio de verdad, un anciano elegantísimo, se adivinaba su dignidad y nobleza. Su traje negro y sus bellos adornos me dejaron hechizada. Lo acompañaban unos niños, supongo que nietos o puede que bisnietos, vestidos con unas anodinas ropas deportivas.

Nada que ver.

Elviña

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