LUCHADORA

Aquel día no orbayaba. Por eso estaba cortando la hierba del prao. Me fijé en el montoncito de tierra del avispero subterráneo, pero no le di importancia. Pasé por encima y lo desmoché.

Me extrañó ver una pequeña avispa que se dirigía veloz hacia mi cara. La aparté de un manotazo. El choque del guante con el pequeño cuerpo sonó seco. Seguí mi camino.

La vi volver. ¿Sería la misma? ¿Habría salido del nido cuando lo arrollé? Nuevo manotazo, esta vez más fuerte. Problema resuelto, pensé.

Eso creí. Aprovechó mi distracción y se lanzó a toda velocidad contra la punta de mi nariz.

Rabié de dolor. Y la avispa ya no volvió.

Un granito duro me hizo tenerla presente cada día, durante más de seis meses.

Ahora, cuando recuerdo el incidente, sonrío y no puedo por menos que rendirle homenaje. Luchaba por lo que era suyo. No se dejó avasallar por el más fuerte.

Muermo

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