LIS

Se fue un domingo luminoso a comienzos del otoño y su desaparición nos fue calando como un orbayu persistente. Pasamos de la esperanza al nerviosismo y poco a poco al desaliento silencioso hasta darla (casi) por perdida.

Nos habíamos acostumbrado a ella paulatinamente, igual que nos tuvimos que hacer a su ausencia.

Estar con ella era un juego alegre. Su recuerdo siempre nos arranca una sonrisa, pero nos deja el corazón dolido.

Cuando llegó supimos que había tenido un pasado difícil que la llevó a ser, sobre todo, una escapista amante del correteo en libertad, pero ansiaba el afecto y la compañía. Cobarde, cariñosa, maloliente… Odiaba los baños y corría a secarse revolviéndose en la tierra, preferiblemente entre una buena mierda que borrase todo rastro de olor a jabón. En cambio, a ella no le importaba lamernos y besarnos aunque apestásemos a gel y colonia. ¡Y cómo disfrutaba de los largos paseos y de cualquier comida que le ofreciésemos o pudiera robar!

Lavamos su cama, recogimos sus cosas e intentamos cerrar este capítulo, pero cómo deseamos verla llegar por el camino aunque sea arrastrándose, para abrazarla, curarla y mimarla, aún con la certeza de volverla a perder.

Catacaldos

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