CÓMPLICE

A mí el orbayu no me achanta. Yo salgo de todas maneras. Tengo setenta y cuatro años, cataratas, algo de sordera, un párkinson incipiente y mi espalda hace tiempo que dejó de ser un signo de admiración para convertirse en uno de interrogación. Y qué. ¿Acaso estoy acabado?

Es una prueba fácil, sólo sesenta kilómetros. Subir un puerto empinado y después, todo bajada. Nada más salir me quedo, lógicamente, rezagado en la cola del pelotón, compuesto por muchachos jóvenes con ganas de correr y acabar todo enseguida. Yo no tengo prisa. Corono la cima no demasiado retrasado y ataco el descenso, muy pronunciado. Voy despacio, está el suelo muy mojado, pero hay que ver cómo bajan ellos, van como locos.

De repente, un patinazo; cae el primero, tropieza con él el segundo, cae después el tercero. Amasijo de hierros y ciclistas dolientes sobre el asfalto mojado. Los rebaso con cuidado.

Me tiemblan las manos al recoger la copa, maldito párkinson, mi espalda no se endereza del todo, no oigo bien lo que me dice el alcalde al darme el trofeo. Solo siento el orbayu cómplice en la cara y ya pienso en la próxima carrera. Ya llegará. No tengo prisa.

Gosselín

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